Esto empieza cuando nací. De bebé tuve un problema en los oídos y me punzaron ambos tímpanos. Cuando llegué a la edad de ingresar a la escuela primaria vivía con un pitido permanente en los oídos. Después, no sé cómo, si con la operación de nariz o cómo, el zumbido se fue.
Cuando terminaba la secundaria me apareció un siseo, algo así como un grillo. Mi mamá me dijo que no me preocupara, que era el ruido de la circulación que yo percibía por tener un oído agudísimo. Y le creí.
Así seguí mi vida, sin demasiada preocupación en ese sentido, hasta hace unos cinco años.
La historia, la que origina este blog, empieza un 10 de tishrei en los jardines de Amijai. Esa tarde no quise irme de la sinagoga, porque temía no poder completar correctamente mi ayuno. Entonces me acosté a dormir en el pasto. Quizás fue la primavera, quizás fue algún pesticida, quién sabe. Unos días después pasé por mi antigua casa a revisar el estado de las cosas. Hacía poco que habíamos fumigado y el olor del insecticida, o lo que fuera que habíamos usado, se sentía con gran intensidad. Y por esos días también, compramos un placard y una cómoda y yo los barnicé. Ni bien estuvo seca la pintura ingresamos los muebles al dormitorio. El olor era intenso.
Dos o tres días después tuve congestión con dolor en los malares (en la cara) y empezó el zumbido. ¿Era El Zumbido? No precisamente, El Zumbido llegó uno o dos años después. Pero empezó el zumbido que ya prácticamente no me abandonaría.
Primero era por la mañana, al levantarme, un ruido como de acople de altavoz, grave, en el oído derecho, que me ensordecía durante los primeros diez o veinte minutos y se iba. Luego ese ruido se fue prolongando durante toda la mañana, hasta que me duró hasta la noche. Por entonces era lo suficientemente potente como para que se superpusiera a las voces de las personas y no me permitiera entenderles lo que me decían.
Empecé a desfilar por los consultorios de los otorrinolaringólogos. Me revisaban con un cono metálico y luz y me decían: usted no tiene nada. Y me despedían amablemente. Evidentemente yo me imaginaba el zumbido. Otros decían: ya se le va a pasar, no es nada de importancia, es pasajero, su oído está sano. Por fin fui a la guardia de un servicio cercano a mi trabajo y me dieron un corticoide y no sé qué más y el zumbido se retiró.
Pero no crean que fue para siempre... Esta historia continuará.